Cuentos del lejano oeste #3
KAFKA: Del infierno en Jerez al éxito en el Jarama, sin pasar por Yugoslavia.
Tras la controversia en Budapest, cuando Dorna, una empresa ajena al mundo del deporte del motor, superó las ofertas de Bernie Ecclestone, Mark McCormack y Maurizio Flammini, la FIM decidió disipar las dudas generadas por la inexperiencia de Dorna organizando una conferencia de prensa. Sería la gran presentación oficial de Dorna en el primer Gran Premio de Europa de la temporada 1991. La idea era que Jerez sirviera como el escenario perfecto para una empresa española.
Esta es la sucinta evaluación de Carmelo Ezpeleta sobre aquel intento: «Fue como una escena de una obra de Kafka... un desastre total desde el principio».
Algunos antecedentes: Como habéis leído en los dos episodios previos (Episodio 1 & Episodio 2), la FIM ya había cabreado a Bernie cuando se supo que, a pesar de invitarle a pujar, el Consejo de Dirección había decidido rechazar su oferta de pleno, argumentando que su condición de propietario de la F1 y del Mundial GP de la FIM constituía tanto un conflicto de intereses como un monopolio.
En lugar de utilizar la sala de prensa principal, un amplio espacio que contaba con una zona elevada para entrevistas y suficiente capacidad para todos los miembros de la prensa, la FIM limitó las invitaciones a los titulares de pases de prensa permanentes y nos apiñaron a todos en una pequeña habitación situada detrás de la salida al podio.
Éramos unos treinta, todos de pie y asomándonos por encima de cinco hombres sentados en una variedad de sillas... una cogida del Hospitality de algún equipo, otras del despacho de Dirección de carrera y un par que parecían pupitres de primaria.
De izquierda a derecha estaban sentados el presidente Jos Vaessen y los cuatro representantes de Dorna: José Ramón Guimarães, Carmelo Ezpeleta, Jaume Roures y Gerard Romy, estos dos últimos recién fichados para encargarse de la realización y comercialización de televisión.

El primero en hablar fue el presidente Vaessen, pero no había dicho más que cuatro frases cuando el traductor, un joven español que hablaba inglés con un toque de argot de adolescente estadounidense, se rindió, confundido por el léxico legal de "derechos de tanteo", "retracto", etc. De repente, el joven traductor exclamó en español: «No puedo traducir este tipo de cosas», y se marchó, más indignado que avergonzado. Probablemente pensaba que iban a hablar de carreras... de Rainey y Schwantz, no de asuntos tan aburridos.
El pobre presidente Vaessen acababa de terminar una frase explicando que la FIM había preferido a Dorna porque la empresa española no pertenecía al mundo de los deportes del motor y, por lo tanto, aportaría una nueva perspectiva.
Gerard Romy, la mano derecha de Roures en aquellos tiempos, se levantó de un salto, asumiendo el papel de traductor como si la salida del joven en vaqueros fuera parte de algún programa orquestado. Los que sabíamos que no era así evitábamos mirarnos a los ojos... un síntoma de vergüenza ajena... una expresión española que es prácticamente intraducible, aunque me imagino que el bueno de Gerard lo habría intentado.
Carmelo lo recuerda así:
«Yo no hablaba mucho inglés en aquel entonces y Guimaráis menos que yo, pero Romy se ofreció como voluntario para traducir. Entendió perfectamente lo que se había dicho, pero pensó que no tenía sentido y, en vez de traducir literalmente, empezó a inventarse cosas, diciendo que la FIM había seleccionado a Dorna por su amplia experiencia en todas las áreas del deporte del motor».
Entre angloparlantes, italianos, españoles, franceses, alemanes, etc., se escuchaba un murmullo de traducciones de las traducciones, hasta que, al final, uno de los británicos perdió los estribos y pegó un grito: «¡No es cierto lo que ha dicho!».
Vaessen intentó mantener una apariencia de dignidad, pero Guimaráis estaba visiblemente enfadado. Romy parecía disfrutar de ser el centro de atención, aunque noté que Jaume Roures mostraba una expresión de profunda concentración y preocupación. Carmelo sufría visiblemente.
Las preguntas empezaron a ser insultantes. No recuerdo exactamente las palabras, pero sí el tono. Jaime Alguersuari, a mi lado, comentó: «Ay, Dennis, estamos haciendo el ridículo». Y yo tenía la misma sensación... El ridículo no era solo de Dorna; lo compartíamos toda la prensa española. Los italianos olían sangre.
Entonces, uno de los británicos hizo una pregunta que provocó algunas risas, y justo antes de que Romy la tradujera, Roures golpeó con el puño el pequeño escritorio plegable de su pupitre y lanzó un grito, no una palabra, sino un alarido de profunda ira y frustración, como si dijera sin palabras: «¡Ya basta!».
Hasta ese momento dramático, los hombres sentados parecían víctimas de una especie de inquisición británica, pero el grito de Roures recordó a todos que esos cinco hombres representaban a la autoridad que, en un futuro no muy lejano, podría (o no) concederles pases, acceso al pit lane, a la parrilla y a la pista. Tal vez, pensaron, estos tipos juegan duro.
Todos miraban a Roures, pero la mirada feroz del primer jefe de TV de Dorna no se dirigía a nadie en particular. Roures estaba enfadado, pero su ira no tenía nada que ver con la conferencia de prensa. Su furia estaba dirigida a lo que ocurría en el Estadio Ramón de Carranza, a cuarenta kilómetros al sur, donde el argentino Óscar Dertycia, conocido como "Mr. Proper" por su reluciente calvicie, acababa de poner el partido fuera del alcance del Barça. Con el gol que acababa de marcar, el Cádiz ganaba 3-0. Jaume tenía claro que el Barcelona tendría que esperar un poco más para proclamarse campeón.
Jaume ya había llegado de mal humor, con el Barça perdiendo 2-0, pero el tercer gol en el minuto 33 fue el colmo.
Carmelo, sonriendo, me dijo años después: «Roures no prestaba atención en absoluto a la conferencia de prensa. Estaba escuchando el partido Cádiz-Barça con auriculares a través de su radio portátil. Roures es un gran aficionado del Barça, como yo, y no tenía ni idea de lo que decía nadie en la sala».
Roures, que estaba al principio de su meteórica carrera en la televisión y el cine, me confesó más tarde que no se había dado cuenta de que había creado un momento de confusión.
No estoy seguro de quién hizo la siguiente pregunta. Creo que fue Ian Mackay, de Honda, pero sí recuerdo la pregunta: «¿Por qué debemos confiar en una empresa que no tiene experiencia previa en nuestro deporte?».
Evidentemente, el interrogador dirigía la pregunta a José Ramón Guimaráis, y el ejecutivo gallego ni siquiera esperó la traducción. Respondió con otra pregunta: «¿Qué ves en mi cara que te hace despreciarme tanto?».
Carmelo lo recuerda así: «Roures todavía estaba escuchando el partido, José Ramón estaba harto y Vaessen estaba perplejo... y delante tenía a Jaime Alguersuari haciéndome con los dedos el clásico gesto de las tijeras, como si yo, en mi tercer mes con Dorna, pudiera levantarme y dar por terminada de golpe una reunión convocada por la FIM».
La presentación duró unos pocos minutos más, suficientes para responder algunas preguntas adicionales, pero los periodistas ya estaban ansiosos por escribir sus resúmenes del extraño espectáculo de la FIM y Dorna y enviarlos por fax, télex o dictarlos por teléfono.
La opinión general era que haría falta un milagro para que Dorna se recuperara de la mala primera impresión, y todos sabíamos que IRTA y los grandes patrocinadores estaban confabulados con Bernie... La intención no era tanto organizar un campeonato pirata rival, sino sembrar dudas entre los promotores, equipos y patrocinadores, obligando a Dorna a retirarse del acuerdo o forzando a la FIM a cambiar su decisión.
¿Qué habría pasado si no hubiera estallado justo entonces la guerra civil en Yugoslavia? ¿Quién sabe? Pero cuando Croacia declaró su independencia el 19 de mayo de 1991, estaba claro que el Grupo Flammini, promotor del Gran Premio programado para Rijeka, Yugoslavia, no podría celebrar su GP.
Ni la FIM ni el Flammini Group querían cancelar la prueba. Sin embargo, tras descartarse la opción de Yugoslavia, el único hueco disponible era del 14 al 16 de junio, lo que dejaba solo una semana de margen entre Sachsenring (6-9 de junio) y una posible prueba.
Rápidamente se llegó a un acuerdo entre la FIM y Dorna para que el Gran Premio de Europa se celebrara en el Jarama, el bastión de Carmelo.
Carmelo:
«Esta fue nuestra oportunidad de oro, una prueba de fuego para demostrar que sabíamos lo que hacíamos. Había empezado a formar un equipo. Tú eras el jefe de prensa, Manel Arroyo, que todavía trabajaba para el RACC, también estaba allí, al igual que Pep Villa, que acababa de fundar su empresa Promotor. Jordi Pons estaba allí coordinando la publicidad y el patrocinio. Fue el comienzo de la formación del equipo original de Dorna. Y, por supuesto, conté con el apoyo del personal del Jarama con el que había trabajado durante muchos años. Fue un evento exitoso».
Más que exitoso, fue una carrera impecable... todos lo decían. El único incidente polémico, si no recuerdo mal, fue un altercado a puñetazos entre John Kocinski y un controlador en Bugatti.
El GP perfectamente organizado en el Jarama, sin embargo, no resolvió la batalla por los derechos televisivos y comerciales.
Durante el GP de España de F1 en el nuevo Circuito de Cataluña, tuvo lugar una reunión entre Vaessen, Ecclestone y Dorna (Ezpeleta y Golding). Vaessen habría preferido trabajar exclusivamente con Dorna, pero Ecclestone, con el apoyo de Mike Trimby y Michel Metraux de IRTA, amenazaba con organizar un campeonato alternativo. Para ello, necesitaba que un gran equipo japonés se uniera a la extensa lista de equipos privados que ya formaban parte de la «rebelión de IRTA».
Bernie esperaba ansioso una llamada de Mike Trimby, que estaba tratando de convencer al equipo Marlboro Yamaha GP de que se uniera a los «piratas de Bernie».
Ese mismo fin de semana, yo estaba cubriendo el GP de Malasia en Shah Alam para Solo Moto y ya me había unido a Dorna. Al cruzarme con Paul Butler por el paddock, este me hizo el gesto de pulgar hacia arriba. «¡Yamaha está con nosotros! —dijo Paul, eufórico—. Mike acaba de llamar a Bernie. ¡Tenemos arrinconada a la FIM!».
¿Pero esto era bueno o malo? me preguntaba a mí mismo.
Carmelo lo tenía claro. Era mil veces mejor tener a Bernie de amigo que tenerle de enemigo. Y aquel finde del GP de España de F1, se produjo el “Acuerdo de Barcelona”, entre la FIM, TWP (la empresa de Bernie), Dorna e IRTA. Parecía que todo estaba resuelto. Dorna no tenía control total, pero a lo menos estaba dentro en vez de fuera.
Sin embargo, cuando el presidente Vaessen presentó aquel acuerdo en el Congreso de la FIM en Christchurch, Nueva Zelanda, el vicepresidente primero, Francesco Zerbi, lideró un motín y el acuerdo fue rechazado, poniendo en duda todo el campeonato. Esto condujo a la ahora famosa reunión de Heathrow del 15 de octubre, cuando todas las partes principales se reunieron en el aeropuerto de Londres.
El Consejo de Dirección de la FIM se mantenía firme y Vaessen no pudo anular su decisión, pero todo había cambiado porque Dorna ya estaba con Bernie e IRTA y a favor de unirse a un hipotético campeonato pirata. Sin embargo, el propio Bernie, según declaraciones hechas después de la resolución del conflicto, nunca tuvo la intención de llevar a cabo el "farol" de un campeonato tipo World Series. Dorna también lo sabía, pero para la FIM representaba un peligro grave.
Bernie incluso dio a entender que estaba hablando con la FIA como federación alternativa. No hubo tregua en Heathrow...
Los propietarios de los circuitos estaban entre indignados y asustados. Si aceptaban acoger una serie pirata, perderían todos los demás eventos de la FIM. Los jefes de las fábricas japonesas estaban confusos. ¿Fue Yamaha quien accedió a ir con IRTA o fueron solo Marlboro y los equipos? ¿Habría una temporada 1993... y, si el futuro era tan incierto, ¿habría siquiera una temporada 1992 completa?
Fue entonces cuando Claudio Castiglioni, el propietario de Cagiva, intervino como mediador y convenció a los responsables de la FIM para que hicieran un último intento de llegar a un compromiso. Una vez más, todos volaron a Londres, donde Bernie les esperaba sabiendo que la FIM, dividida, estaba sin opciones. Bernie les ofreció la oportunidad de rendirse con dignidad... y como reza el viejo refrán: «Enemigo que huye, puente de plata».
Se reunieron una vez más los máximos responsables de la FIM y de Dorna, mientras «los chicos de IRTA» esperaban junto al teléfono.
Era como la famosa película Gunfight at the O.K. Corral (Duelo de titanes), con unos treinta tiros disparados en treinta segundos. Sin alternativa y sin tiempo, la FIM tuvo que aceptar el previamente rechazado «Acuerdo de Barcelona», pero con buenas palabras y un cambio. El nuevo contrato, con Dorna y TWP organizando conjuntamente el campeonato de la FIM, incluía una cláusula nueva: el acuerdo no comenzaría en 1993, sino en 1992... menos de un mes después de la firma de los documentos.
Poco después, estuve, como jefe de prensa de Dorna, en una cena en Londres junto con Ecclestone, Ezpeleta, Golding, Trimby, Butler... y tuve el privilegio de ser testigo de una fantástica sobremesa. Fue entonces cuando empecé a pensar en aquellos tiempos como una película de vaqueros. No recuerdo si Roures estaba o no, pero os aseguro que Jaume hubiera encajado perfectamente.
Tom Wheatcroft, propietario de Donington Park y viejo amigo de Bernie, también estaba allí. Con un brillo en los ojos y un aspecto de viejo bribón, después de tomarse un trago y limpiarse la boca con la manga, dijo en voz alta con su marcado acento "Chisit" de Leicestershire:
«Todo el mundo piensa que te hiciste rico en las carreras, Bernie, pero sé que tú fuiste el hombre que estuvo detrás del "Gran Robo del Tren"... fueron tus chicos los que robaron el Glasgow Special».
(En su día, en 1963, el «Gran Robo del Tren de Glasgow», un atraco de 2,6 millones de libras, fue el mayor crimen de este tipo en la historia británica).
Bernie, sonriendo, dijo, como siempre hacía cuando le preguntaban por aquel famoso atraco:
«Sabes que nunca me involucraría en un robo con tan poco dinero, pero, Tom, todos sabemos de dónde sacaste el dinero para comprar Donington Park. Cogiste aquel tanque del ejército que comandabas al final de la guerra, lo metiste en un pueblo belga bombardeado y disparaste unos cuantos cañonazos al aire para asustar a todo el mundo. Tú y tus muchachos entrasteis en el banco, abristeis la caja fuerte y os largasteis con vuestra fortuna».
(Lo que sí es cierto es que Tom era comandante de un tanque y estuvo en combate en muchos lugares, entre ellos, Bélgica).
Ambos se rieron, y Tom, dirigiéndose a todos los presentes en la mesa, añadió: «No vayáis a contar todo esto, alguien podría creérselo y no hay ni una palabra de verdad en ello».
Por su parte, Bernie dijo: «Ni una palabra de verdad en lo que se ha dicho de mí, pero, Tom, todo el mundo sabe que tú y tus chicos volvisteis a casa con las mochilas llenas de francos belgas».
Era un perfecto prólogo para el primer año loco del nuevo mundial de TWP-Dorna... tal vez la época más divertida de mi vida.
Manel Arroyo observó: «Éramos muy pocos. Nos llamaban "La docena de Carmelo". En la primera carrera en Japón ni siquiera teníamos una oficina, solo media docena de butacas en una cabina de comentaristas en el lado lejano del paddock. Ni siquiera teníamos una copia del contrato del promotor con Suzuka, así que no estábamos seguros de qué derechos teníamos. Fue terrible».
Pero fue una experiencia inolvidable, aunque a veces rozaba el ridículo. Casi llegué a las manos, por ejemplo, con el enorme promotor alemán Andreas Meyer en la parte trasera del podio. Bernie no estaba allí, pero por la tele podía vernos en las sombras detrás del podio mientras se celebraba la ceremonia del podio de 125cc.
Yo acompañaba a una asistente que llevaba botellas de Freixenet porque creíamos tener los derechos de publicidad estática del podio. Meyer traía tres botellas de Moët & Chandon y afirmaba a gritos que Bernie le había «dado su palabra» sobre los derechos de vinos espumosos del podio. (¡Yo, metido en una pelea de champán contra cava! Si me viera mi madre).
Bernie me envió un fax una semana más tarde, que todavía conservo: «Espero que continúes con tu discreta diplomacia habitual y evites pelearte en la televisión en abierto con alemanes que te doblan en tamaño».
Bernie sabía que la relación con Dorna era un matrimonio de conveniencia y animó a los suyos, especialmente al director de carrera Pierpaolo Gardella, a complicarnos las cosas. Estábamos navegando en aguas turbulentas en un barco con dos capitanes. Bernie y Carmelo se respetaban mucho, pero, como dice el refrán: «Donde manda capitán, no manda marinero». Nos sobraba un capitán.
Carmelo lo explica así:
«Durante la semana de las Olimpiadas de Barcelona, nuestra primera temporada llegaba al final. Estábamos en Donington, prueba 11 de 13. Ya era hora de tomar una decisión. Después de los entrenamientos, Bernie y yo nos sentamos juntos en la casa de Tom Wheatcroft al final de la recta de meta. Había sido un largo día discutiendo pases y otros asuntos con Gardella, el director de carrera. Había tensión y desacuerdos durante todo ese día y también en otros circuitos. Me quejé de ello y Bernie dijo: “Este negocio en el que nos hemos metido es muy complicado y yo simplemente no delego, pero tampoco puedo asistir a todas las carreras. Así que tenemos un problema, tú y yo. Sugiero que decidamos cuánto vale todo esto y que yo te compre tu 50% o que tú me compres mi 50%”. Él continuó diciendo que prefería vender y yo dije mejor, porque yo prefería comprar».
Cuando salieron de la casa de Tom, Dorna era, ¡por fin!, el propietario de los derechos que había pujado en Budapest en 1990. Así de fácil... excepto que Banesto, propietario del 50% de Dorna, estaba en crisis y Dorna tuvo que obtener rápidamente un préstamo del Banco de España para garantizar la compra.
Dorna ya no solo tenía todos los derechos comerciales, sino también un asiento en la mesa con la FIM en lo que respecta a los reglamentos deportivos y técnicos.
Y todos felices... hasta que surgió "la conspiración IRTA"... Pero eso es otra historia para otro día.
Ahora Dorna, después de haber pujado 30 millones de dólares (o 31 millones según las fluctuaciones del mercado) por el paquete de derechos de la FIM para el campeonato de Grandes Premios en 1990, está en venta. Liberty Media, la empresa norteamericana que controla la F1, está a la espera de la autorización de la CEE para adquirir el 86 % del valor empresarial de Dorna, que asciende a 4.600 millones de euros, mientras que la dirección de Dorna conserva el 14 % del capital.
Y me pregunto si los días de tiroteos en el Lejano Oeste han terminado o si están a punto de comenzar de nuevo a una escala diferente.
Para mí, los recuerdos de aquellos primeros años locos son de un grupo de vaqueros de corbata y oficina: Bernie Ecclestone, que dice que nunca ha robado un tren; Carmelo Ezpeleta, gran negociador a quien Bernie llamaba «el carcelero del Jarama»; Manel Arroyo, el que revolucionó las retransmisiones (Carmelo decía: «Nuestro trabajo era ganar el dinero que Manel invirtió en cámaras, cables y técnicos»); Jaume Roures, el genio y antiguo trotskista de la voz suave; y tantos otros.
Y, para terminar, quiero mencionar a un personaje más de aquellos tiempos. Él no aparece en ninguno de los tres episodios pero formaba parte del mundo de Bernie y, durante un tiempo, del nuestro. El australiano Billy Gibson era el agente de carga de confianza de Ecclestone, un solucionador de problemas nato, un hombre capaz de alquilar un avión de carga chino desde una cabina de teléfonos a cobro revertido y sin tarjeta de crédito. Bastaba con decir: «Es para Bernie». (En Dorna el papel de Billy Gibson era terreno de Pep Vila.)
Eran otros tiempos irrepetibles... Cuentos del Lejano Oeste.
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PARTE I: La bomba de Budapest 1990
PARTE II: Una charla con Bernie, abril 1991
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Cinta Americana
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